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Escrito por eSignoeditoresMadrid 19-01-2015 en lana. Comentarios (0)


En la oscuridad de lo infinito él abrió sus ojos (aunque no sabía si realmente lo estaban), tanteó la nada bajo sus pies y esperó que alguien lo hayara. Pasaron las horas, los días, los años y en su infinidad nunca pudo recordar algo, sólo negro. no sabía por qué estaba allí, ni desde cuando, no sabía quien era ni "que" era. Nunca sintió Signo editores Madrid, ni sueño, tampoco miedo, ni soledad. La oscuridad era lo único que conocía, los sentimientos no existían.

En medio del silencio profundo en que él existía y de la oscuridad sofocante, una pequeña esfera luminosa se le acercaba rápidamente, cuando ya se encontraba a pocos metros, se cegó durante unos segundos. Cuando recuperó la vista, la vio pasar muy cerca de él, tan cerca que casi lo roza. En esa fracción de segundo la esfera de luz Signo editores Madrid lo que lo rodeaba: sólo un vacío eterno, se miró a sí mismo y vio su cuerpo desnudo. La esfera desapareció. 

Él la esperó por siglos y siglos. La esperó eternamente ya que su luz lo había cambiado, gracias a ella se descubrió a sí mismo. Pero ella nunca volvió, él lloró y sintió por primera vez la soledad, la tristeza y la desesperación, pero también descubrió la esperanza y cuando intentó entender lo que sentía no pudo, fue entonces cuando conoció el amor.

Alguna vez quizas miré a través de la ventana. Ya no lo recuerdo con certeza.
Alguna vez tuve fuerza y creo que también gozé de la dulsura de la esperanza. Lloré con las mentiras cuando aún me quedaban lágrimas y reí hasta que también olvidé ser feliz. 
Una ola de aguas de fantasía ahogó a cada persona que amé, la misma ola que me arrojó hasta este rincón de los olvidos y de los olvidados.

Miro hacia mi izquierda: una mujer desenrolla una madeja de lana, y cuando acaba, la desarma y vuelve a volver. En su cabeza blanca se mezcla la fantasía y la realidad, mira hacia la puerta y ve a su hijo que nunca estuvo allí.
Miro hacia mi derecha: Sólo veo una mujercita reducida hasta los huesos, su menudo y trémulo cuerpo busca los rayos del sol para calentar los restos de su alma.
Miro hacia adentro, adentro de mi mente y desespero. ¿Dónde esta Cecilia, mi princesa de ojos claros, de cabellos de oro, la que tuvo como primer hogar mis entrañas? ¿Donde están todos?

Abren la puerta, es la hermana Gabriela que nos invita a pasar al comedor común. 
Ya sólo vivo de suspiros y me alimento de los esbozos de mis recuerdos. La vida se me esta duermiendo entre los brazos.